MATEO

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Mateo nació entre la página 11 y 12 de un libro de autoayuda colocado por error en la sección de jardinería de unos grandes almacenes del centro de Madrid. Nueve meses antes, sus padres se habían amado sobre una preciosa edición descatalogada de la biografía de Philip Norman sobre los Stones. Y setenta años, tres meses y cinco días atrás, sus abuelos habían retozado en una estantería de manuales de cine, bajo un enorme póster donde bailaba un latigazo de Fellini.

Mateo era un hijo y un nieto. Y ante todo, era Mateo. Una página en blanco. Un libro por escribir. Cinco letras que se habían colado, de pronto, en otras vidas.

Como cualquiera, Mateo dio sus primeros pasos entre la A y la U. Con la “A” no tuvo problemas. En ese peldaño estaban incondicionales como “mamá”, “papá” y ah, los aullidos, además de varias formas de llamar a una “abuela” que tenía dos aes en el cargo y en su nombre: “María”. La “E” y la “I” pasaron sin pena ni gloria, pero cuando descubrió la “O”, mantuvo su boca abierta en forma circular durante dos semanas, preso de una emoción que no volvería a vivir jamás. Tanto le conmovió que, al llegar a la “U”, aplaudió con desgana de funcionario.

Su despertar sexual coincidió con el salto a las consonantes. A pesar de que tardó en llegar a la “X”, deambuló con placer entre la “C” de cama, la “M” de masturbación y la “P” de paja, que es como le gustaba llamar a lo segundo. Y fue con los números donde descubrió que no importaba tanto el 69 como el 2. Porque, sin el segundo, nunca existiría el primero, y mucho menos el tres, su sueño favorito. Fue entonces cuando quiso independizarse. Y saltó del estante.

Allí encontró la “L” de libertad. Fueron años benditos y gozosos. En su primera borrachera, entendió que solo una letra podía convertir su nombre en “mareo”. Y que, para tener novia, era necesario entender perfectamente la conjunción “y”, porque en el momento en que la cambiase por la “o” disyuntiva, el amor se hacía pedazos. Mateo tardó dieciséis romances en aprenderlo. Y aún le cuesta.

Al cruzar la veintena, Mateo se zambulló en la “V” de “viajar”, “viento” y “vela” y se lanzó a recorrer océanos y, con ellos, el mundo. Le hechizaron paraísos con “P” como Patagonia, Panamá o Plasencia, que se coló sin avisar. Y, sin salir de la “V”, encontró su “vocación” de “vendedor”, y abrió una tienda de puntos y coma, producto en desuso que, como todo lo vintage, podría ponerse de moda.

Y así fue.

Pronto, su pequeño establecimiento situado entre la página 34 y 35 de una biografía de Mastroianni dificilísima de encontrar, pasó a la portada de una reedición de “El nombre de la rosa” que estuvo meses en el escaparate de una librería cinéfila de Martín de los Heros. Allí conoció el éxito. Y tuvo que ampliar.

Mateo empezó a importar signos de puntuación de todo el mundo y, durante años, en “Mateo y Medio” (nombre que le dio a su local porque “Mateo” a secas ya existía) se podían encontrar, junto a comas españolas y latinoamericanas, algunos puntos y aparte extraídos de los mejores párrafos franceses, deliciosos puntos y seguidos de la Toscana, diéresis polacas, neozelandesas y alemanas (las más vendidas), curiosas contracciones inglesas y hasta símbolos traídos desde Norteamérica como “&” y “$”, que se vendían como la “ch” de churros.

Y como la “ch” de Charlot, por cuya biografía salía a correr todos los días y en la que, una mañana de tormenta de tinta (no tinto) de verano, encontró la frase

…Siempre había pensado que me gustaría la popularidad y allí la tenía, aislándome, paradójicamente, con una abrumadora sensación de soledad…

Y Mateo se dio cuenta de que le faltaba algo. Algo que empezaba con esa “A” que encerraban “mamá”, “papá” y “abuela”, y seguía con lindezas como la “M” de su propio nombre, su “O” querida y la “R” de “mareo”, algo que iba más allá, hacia el sitio donde reinan las conjunciones y al que llamó Romance Diecisiete.

Algo nada fácil de encontrar. Había que investigar, visitar enciclopedias, lomos endiablados y volúmenes bañados en polvo de varias guerras. Y justo al darse por vencido, cuando esas cinco letras decidieron transformarse en un solitario vendedor de interrogantes al por mayor, Mateo, al fin, encontró lo innombrable.

Romance Diecisiete se había apoltronado entre dos títulos subrayados a lápiz incluidos en la bibliografía de una tesis sin encuadernar, y fue el destino el que quiso que Mateo, aquella tarde anodina y lenta como la voz pasiva, volcara una taza de té en el estante de su izquierda, y fue el destino el que quiso que, de esa taza, cayeran un par de gotas (no muchas más) en el borde de ese libro que sobresalía entre los otros y, probablemente, fue ese mismo destino (y no cualquier otro) el que empujó a Mateo a bajar inmediatamente a limpiar aquella mancha ocre de aquel endiablado y enorme estudio titulado “Las relaciones de pareja en la adolescencia tardía de la realidad sociocultural actual”. Qué ironía.

Y fue allí donde Mateo encontró a Romance Diecisiete. Y donde se encerraron a pasar tantas noches de pasión e incendios que no hay gramática para contarlo.

Y justo nueve meses más tarde, entre la página 45 y 46 del último libro con el que Murakami volvería a intentar (de nuevo, fallidamente) alcanzar el Nobel, nació una nueva letra. Una letra que aún no se puede descifrar. Una letra que se encuentra en algún poema de Borges y, posiblemente, en cualquier obra menor de Dostoievsky. Una letra perfecta y luminosa como las que Lorca perseguía en Nueva York y otros, como Machado, en un patio de Sevilla. Una letra con capacidad para ser Arial, Helvética e, incluso, Courier, pero que en el fondo más fondo de su alma solo persiguió vivir hasta el límite del vocabulario.

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